Yagow | 2017 | Yagow

Neo-Psychedelia | Stoner Rock
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Jan Werner (voz, guitarra y drones), Axel Rothhaar (bajo), Marc Schönwald (batería y percusión) y Kai Peifer (bajo en "Non-Contractual")
El debut homónimo del trío alemán Yagow refleja un prodigioso derroche de energía psicodélica que configura un verdadero viaje cósmico. Con un sonido que podría recordar a Vago Sagrado o los momentos más volátiles de The Ganjas, o ser descrito como una versión más pesada de The Black Angels, la banda teutona se aproxima a una genial comunión entre la psicodelia más pura del pasado, el peso del stoner rock y una cierta sensibilidad sónica que sin duda le debe mucho al space rock y la neo-psicodelia.
Yagow se trata, entonces, de un álbum inmediatamente cautivante gracias a sus atmósferas espaciales que entraman un trance hipnónico y a un estilo que más que apelar a progresiones sónicas marcadas, recurre a mantras incesantes que terminan por atrapar al oyente. El mérito a su haber no es tanto la innovación como, más bien, una ejecución al punto y un uso idóneo del lenguaje que la banda desarrolla a partir de sonoridades que forman parte del quid de las nuevas camadas de la psicodelia. Y en ese esfuerzo musical, este primer lanzamiento constituye un álbum sólido y, por cierto, muy recomendable para los más acérrimos del género. -IMF

Iggy Pop | 1999 | Avenue B

Rock
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Iggy Pop (voz, guitarra y teclado), Hal Cragin (bajo), Larry Mullins (batería, vibráfono, tabla y 808), John Medeski (Hammond y Wurlitzer), Chris Wood (bajo), Billy Martin (batería), Whitey Kirst (guitarra), David Mansfield (violín y viola), Michael Chaves (teclado), Andrew Scheps (loops), Don Was (guitarra), Pete Marshall (guitarra) y  Lenny Castro (percusión)
A menudo se echa de menos un poco más de honestidad a la hora de hablar de Iggy Pop. Porque es preciso decir que sí, por supuesto, Iggy hizo oro en la trilogía original de The StoogesThe Stooges, Fun House y Raw Power– y en sus dos primeros álbumes solistas –The Idiot y Lust for Life– (en menor medida, podría sumarse el tercero, New Values), pero no es menos cierto que tras casi una década de resultados notables, su carrera entró en una etapa turbulenta en que predominó la irregularidad. Tanto así que hacia 1999 cabía preguntarse genuinamente si los éxitos pasados de Iggy no se habían debido sólo a sus colegas: los hermanos Asheton en The Stooges y David Bowie en The Idiot y Lust for Life. Pero Avenue B, sin ser un álbum perfecto, llegó para rebatir esa idea.
Dos hechos que destacan de partida, en contraste con sus trabajos ochenteros, son el predominio compositivo de Iggy –compuso individualmente nueve de las trece canciones del disco– y su mayor labor instrumental –además de cantar, asume el rol de guitarrista en buena parte de la placa–. Sin embargo, estas dos facetas no son inéditas en su discografía, toda vez que definen ya, si bien en menor medida, sus tres trabajos previos. Lo que distingue a Avenue B es, en realidad, su atmósfera de intimidad, que va de la mano de composiciones honestas como no se oían en Iggy desde inicios de los ochenta. Muchas de las piezas aquí contenidas parecen desprovistas, crudas, como si fueran un pequeño secreto, y de ahí la sensación de intimidad que transmiten: un "menos es más" muy bien entendido. Por cierto, estos momentos de mayor timidez tienen su contracara en las canciones más rockeras del álbum, que respiran una vitalidad que la discografía de Iggy había tenido algo dormida. Y el vínculo en esta dialéctica de ánimos es la honestidad ya mencionada, que se traduce en el hecho de que no sobre nada, de que no haya pomposidades innecesarias ni esfuerzos vanos.
Sin estar dentro de los sitiales privilegiados dentro de la trayectoria de Iggy Pop (que, como es de presumir, están ocupados por los trabajos aludidos al principio), Avenue B tiene una solidez notoria en medio de una senda llena de vicisitudes y pasos en falso, y más allá de eso, da cuenta de que lo de Iggy no es sólo suerte o talento vicario exprimido de sus compañeros, sino una genialidad compositiva e interpretativa que de vez en cuando es capaz de explotar a la perfección, un antecedente relevante en la ruta a Post Pop Depression. -IMF

William Basinski | 2017 | A Shadow in Time

Ambient | Drone | Tape Music
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A Shadow in Time constituye el retorno de William Basinski tras un 2016 inusualmente calmo para el músico estadounidense, considerando que 2015 vio el lanzamiento de una triada de álbumes de estudio: Cascade, The Deluge y Divertissement (su tercera colaboración con Richard Chartier). Y el embate es colosal: se trata, sin lugar a dudas, del mejor trabajo de Basinski desde  Variations for Piano and Tape (2006) y se sitúa sin dificultad, por tanto, a la altura de sus Disintegration Loops (2002-2003).
El álbum está constituido por dos canciones. La primera, "For David Robert Jones" (como su nombre lo indica, un homenaje a David Bowie), se vale de la fórmula más habitual de la obra de Basinski, interviniendo sobre la marcha un loop de composición delicada y entramada con elementos mínimos, pero que como de costumbre –esta es una de las marcas registradas del norteamericano– deslumbra por su belleza y su monumentalidad catártica. Esta primera mitad se localiza, así, en el terreno más visitado por Basinski en sus casi dos décadas de discografía, destacando como una de las piezas más sublimes dentro de esta notable trayectoria.
En contraste, en "A Shadow in Time", la segunda parte del disco al que le da el nombre, Basinski se aboca sin miedo a explorar el campo del drone, adoptando un enfoque más experimental y libre que en la canción precedente. En cualquier caso, no se trata de una veta inédita en su trabajo; por ejemplo, Nocturnes (2015) ya había dado luces de esta ruta. No obstante lo anterior, es claro que "A Shadow in Time" se alza como el punto cúlmine, la maduración perfecta de este espíritu exploratorio. Sin perder la delicadeza y la profundidad atmosférica de la primera mitad del álbum, constituye una pieza de melodicidad nebulosa y emotividad fulgurante, complementando a la perfección el carácter más melancólico de "For David Robert Jones".
La sensibilidad sonora y el esplendor inconmensurable de A Shadow in Time lo posicionan no sólo como uno de los mejores trabajos de William Basinski –una vara muy alta, por cierto–, sino también como el mejor álbum de 2017 a la fecha. -IMF

Autisti | 2017 | Autisti

Indie | Lo-fi | Noise Rock
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Louis Jucker (voz y guitarra), Emilie Zoé (voz, guitarra y órgano) y Steven Doutaz (batería)
Aunque el sonido de Autisti –el reciente debut homónimo de este trío suizo– le debe mucho a la herencia de bandas como Sonic Youth, Dinosaur Jr. o Pixies, no reconocer su originalidad sería un gran error. Porque si bien es cierto que la banda adopta un lenguaje sónico que recoge a la perfección dicho legado, es preciso también aludir al hecho de que este código sirve sólo como medio para el desarrollo de un estilo particular, que se mece de modo idóneo en el equilibrio entre atmósferas cargadas de melancolía y un desenfreno ruidoso de cariz más luminoso; un equilibrio que se manifiesta nunca desprolijo y siempre genuino. Y tal vez sea esa la mejor palabra para definir Autisti: genuino. De ahí que no resulte sorprendente la calidad compositiva del trío, toda vez que no hay esfuerzos en vano ni delirios pretenciosos que resulten en alardes innecesarios. Todo en el álbum es honesto y vaticina, ciertamente, un prometedor porvenir para la banda. Que no quepa duda de que nos hallamos frente a uno de los mejores discos en lo que va de este año. -IMF

Don Cherry | 1989 | Art Deco

Post-Bop
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Don Cherry (trompeta), James Clay (saxofón), Charlie Haden (bajo) y Billy Higgins (batería)
Art Deco es un álbum curioso dentro de la discografía de Don Cherry. Si bien no es precisamente un ejercicio de jazz neoclásico, incluso una incursión en el post-bop como la que se halla en Art Deco suena, por contraste, extremadamente conservadora para Cherry.
Por cierto, hay algo de injusticia en ese contrapunto, pues si las raíces del trompetista –el free jazz de Ornette Coleman– eran de por sí vanguardistas, hacia 1989 su ruta por casi una década no había escatimado en innovaciones ulteriores, con la introducción de elementos orientales y étnicos a su sonido. De este modo, a fines de los ochenta cabía esperar de todo salvo un retorno de Cherry a un estilo más tradicional, sobre todo considerando el trío que lo acompañaba –Charlie Haden y Billy Higgins eran sus viejos conocidos en el cuarteto de Ornette Coleman–.
Ahora bien, es preciso decir también que las exploraciones de Cherry no siempre llegaron a buen puerto. De hecho, el álbum que precede a Art Deco, Home Boy (de 1985), es un ejemplo preciso de un experimento que más que reflejar una sed de innovación, da cuenta de una falta de ideas frescas, lo que se tradujo en una placa desorientada y de sonido inusitado.
Habiendo dicho eso, aunque se trate de un álbum de inusual conservadurismo sonoro –medido, de nuevo, con una vara ad hoc a Don Cherry–, Art Deco presenta al trompetista de vuelta en su centro y retomando, de cierta forma, la trayectoria que tras El corazón (de 1982, junto a Ed Blackwell) había sido interrumpida por el esfuerzo fútil de Home Boy. Por cierto, la banda completa es protagonista de este logro, pues sin la sintonía de este cuarteto difícilmente una apuesta como la que se hizo aquí conseguiría un resultado atractivo sin caer en los vicios del jazz neoclásico. En suma, Art Deco constituye un giro sobresaliente en la carrera de Don Cherry, que marcaría la senda de los últimos dos discos que publicaría en vida, Multikuti (1990) y sobre todo Dona Nostra (1993). -IMF

Bishop | 2013 | Trilogía

Lo-fi Electronica | Ambient
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En octubre de 2013, la trilogía anónima de Bishop –conformada por los álbumes Dock Sud, La Era del Gran Ordenador y ROM– arribó como la confirmación de que el material del músico argentino no tiene igual.
Cada uno con un alma propia, los discos que componen esta obra colosal se nutren de una humanidad honesta y de un sonido a la vez sencillo y profundo, que en su minimalismo logra crear atmósferas emotivas, cautivantes y purificadoras. En suma, esta trilogía se desarrolla como un verdadero proceso catártico, partiendo con Dock Sud, de matiz algo más crudo y nervioso, pasando por La Era del Gran Ordenador, más soñador y delicado, y terminando con ROM, el gran tesoro dentro de una trilogía sin puntos bajos, con un sonido más intenso y liberador, que pone el broche de oro a uno de los álbumes clave de 2013 y, en general, de la colección de cualquier amante de la música con alma. -IMF

Don Cherry | 1975 | Don Cherry

Spiritual | Avant-garde Jazz | Fusion
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Don Cherry (trompeta, piano eléctrico y voz), Frank Lowe (saxofón), Ricky Cherry (piano y piano eléctrico), Charlie Haden (bajo), Billy Higgins (batería), Bunchie Fox (bongós en "Brown Rice"), Verna Gillis (voz en "Brown Rice"), Moki Cherry (tambura en "Malkauns") y Hakim Jami (bajo en "Chenrezig")
El disco homónimo del gran Don Cherry (también conocido en sus re-ediciones como Brown Rice) es uno de los puntos más altos de su carrera, incluso si se toman en cuenta su trabajos con Ornette Coleman. Con sólo cuatro canciones se constituye en un verdadero viaje, en una de las obras maestras del legendario Don.
"Brown Rice", la pieza que abre el álbum, es psicodélica, pegajosa, hipnótica; suena casi al psych-folk/drone de la última década. El fuzz del bajo es brillante, y la voz críptica de Don y el incesante canto onírico de Verna Gillis atrapan en un trance sin igual, a lo que ciertamente contribuyen las percusiones de Billy Higgins (uno de los grandes amigos de Cherry y su colega en el cuarteto de Ornette Coleman) y Bunchie Fox.
En contraste con la voluptuosidad danzante de "Brown Rice", la segunda canción del disco, "Malkauns", presenta desde el principio una mayor timidez. La introducción en bajo por parte de Charlie Haden (otro legendario, también parte del cuarteto clásico de Coleman) acompañado por Moki Cherry (la esposa de Don) en la tambura ayuda a establecer una atmósfera introspectiva, melancólica, un poco desolada, sobre la cual Don elucubra una improvisación en trompeta que confirma el tono más bien triste de la canción, pero de una melancolía alegre, catártica, desahogadora. Con la batería de Higgins la atmósfera va transmitiendo un poco más de confianza, de seguridad; la sensación de que la vida es triste a veces, pero que las cosas estarán bien. Hermosa canción.
Por su parte, "Chenrezig" se adentra ya más directamente en las influencias orientales en la música de Cherry. La voz de Don prácticamente entrama un throat singing, que progresivamente va construyendo un ambiente críptico que de a poco se va prendiendo. Más adelante entra en juego un elemento del jazz más tradicional, con un genial, sutil y disonante comping de piano por parte de Ricky Cherry. Y al final, la explosión, el caos, la liberación, con un Don Cherry improvisando frenética y ruidosamente en la trompeta.
Por último, "Degi-Degi" es casi una pieza de afrobeat, aunque sin una percusión predominante. En un piano eléctrico, Ricky Cherry adereza el trance con un comping que le debe bastante a la música de la India y sobre el cual Don narra en tono críptico un parlamento ininteligible, a la vez que Frank Lowe improvisa con energía en el saxo tenor y, con su genialidad característica, Charlie Haden teje una melodía hipnótica en el bajo.
Así, en pocas palabras, Don Cherry constituye un álbum realmente brillante, dinámico y vital. -IMF